La primera piedra y la urna del tiempo (II): alisado, alisado, alisado…

Yo no sé si os sucederá a vosotros, pero a mí la conjunción de gripe, dolor de cabeza y sueño me suele derivar en un ataque de nostalgia. Eso de acordarme de cosas pasadas. Así que, Paracemol e infusión calentita mediante (con miel de Outurelos por supuesto), voy a pasar a continuar el post anterior y recordar cómo fue el proceso de restauración del contenido de la urna.

Lo primero que sentí fue el ligero cosquilleo del miedo erizándome los pelillos de la nuca. Porque iba a tener comigo nada menos que tres ejemplares de prensa tamaño sábana. Abiertos, medían aproximadamente 89 x 61 cm…

Si leer el periódico, tomar un café, pincho y zumo en la misma mesa junto a otra persona se os hace alguna vez un poco complicado, recordad la posibilidad de hacerlo con uno de estos ejemplares. No soy muy ducha en la historia de la prensa y sus formatos, pero creo -corregidme si me equivoco- que la prensa inglesa «seria» hasta hace unos pocos años seguía teniendo ese tamaño, y la prensa norteamericana la conserva, resistiéndose a pasarse al formato más usual para nosotros, el «tabloide«.

Leer en el autobús uno de esos «monstuos» de papel es difícil… y también encontrar un hueco para ellos en un pequeño taller como el mío. Literalmente, se lo «comieron». Se adueñaron del territorio y desterraron a los cajones las otras obras que tenía pendientes. No hubo más remedio.

Como os dije en la anterior entrada, los periódicos llegaron a mis manos secos, pero tuvieron que pasar por varios tratamientos en húmedo para poder devolverlos a su ser (si eso era posible).

Paulatinamente, tras la limpieza en seco y con la ayuda de segundos soportes, realicé un lavado en mesa (es decir, evitando su inmersión), y un proceso de desacidificación con hidróxido cálcico -también aplicado con brocha- y secado oreo: es decir, dejar secar nuestro papel al aire, sin nada que evite el paso a través de él. De esta manera se produce una reacción química que permite que quede una reserva alcalina en el soporte, contrarrestando la acidez intrínseca de este tipo de papel y ralentizando su envejecimiento. Naturalmente, por turnos: bifolio por bifolio. No se hizo eterno el proceso; salvo en el caso de un ejemplar que eran dos bifolios, el resto era solamente un bifolio y una hoja simple en el interior.

Eso sí, era cómico verme sortear el espacio para llegar a mi mesa de trabajo, pasando entre la prensa y la rejilla que utilizo como secadero. Y ya ni os cuento el espacio que ocupaban durante el alisado, entre los enormes tableros…

Aaaah, el alisado. Alisar unos documentos de ese tamaño con esas tensiones fue toda una odisea, teniendo en cuenta que además se trataba de papel de periódico, de una calidad inferior. Al final, después de varias pruebas concluí que la mejor manera era aprovechar el reapresto para realizar un primer alisado. Reaprestar el papel es dotarle de un ligero encolado que contribuye -bien realizado, naturalmente- a darle una mayor consistencia. Y durante el proceso relajé, recoloqué y situé  los fragmentos y las tensiones lo mejor posible para su futura reintegración y colocación de refuerzos. Peso liviano, cambio de secantes paulatino, y…

Refuerzos. Reintegración. Todavía me duelen los nudillos de recordarlo.

Eso sí se me hizo infinito. Y un poco ingrato. Parece a simple vista que arreglar un trozo de papel rasgado puede ser sencillo, ¿verdad? Si se rasga uno de nuestros folios, con un poco de pericia y un pegamento en barra debería -por lógica- quedar exactamente igual.

Nada más lejos de la realidad. Al papel le encanta la humedad. Le vuelve tan loco que se trastorna, se reordena, y se transforma en algo diferente. Y, ay de ti si pretentes que vuelva a sus orígenes. Se enfada y le salen unas arrugas furibundas donde menos te lo esperas. Así que el único truco, al final, es la eterna paciencia. No luchar con él e intentar ir uniendo el rasgón poco a poco -muuuy poco a poco-, y suplir las pequeñas tensiones resultantes con un buen alisado final. Yo desde luego no encuentro otro método mejor. Hasta ahora al menos.

Unión de un rasgón, proceso

Para colmo, esos rasgones eran largos. Larguísimos (recordemos el formato sábana). Alguno prácticamente atravesaba el periódico de lado a lado. Eso implicó que acabase poniendo, en algunos de ellos, un segundo soporte: un refuerzo extra en papel tisú, que lo dotara de mayor consistencia pero que permitiese la legibilidad del texto.

Luego, reintegrar aquellas partes faltantes. Y, como dije, otro alisado final. O varios más, debería decir. Hasta finalizar con varios días bajo peso.

¿Que por qué sólo hablo de los periódicos? porque el ejemplar de la Constitución, el acta y las tarjetas se portaron mucho mejor. Lo único de especial en los tratamientos sobre el ejemplar de la Constitución, fue la reintegración cromática. Me limité a aportar una tinta plana en acuarela Windsor & Newton (tras la reintegración del soporte, por supuesto).

Reintegración cromática

En el caso del ejemplar del Acta, eliminar las manchas de suciedad incrustada -de origen desconocido-, especialmente entre las zonas con rasgones fue lo más complejo. Recordemos que había estado completamente mojada, con lo cual las partículas de suciedad estaban embebidas entre las fibras del papel. Llegué a utilizar torno de borrar, sin que llegase a peligrar la integridad del soporte.

Limpieza mecánica

Complejo también fue determinar la solubilidad de las numerosas tintas utilizadas en las firmas. Hice muchas pruebas. Muchísimas. Todas daban negativo. Pero yo no me fiaba demasiado, así realicé también un lavado controlado en mesa, donde podía ver a la primera cualquier tipo de viraje o reacción extraña en las tintas. También la doté de reserva alcalina, previo análisis de pH. Uní y reforcé los rasgones, y alisé de forma muy paulatina. Creo que lo importante era dotarle de consistencia, uniendo esos rasgones, y retirar parte de esa suciedad que impedía la legibilidad de alguna firma.

Y, por último: todo ello era un conjunto documental. Luego era necesario conservarlo junto pero no revuelto, convenientemente identificado. Quizá fuesen mejor otras ideas, pero esta fue la mía: una carpeta de conservación con cartón de archivo que englobara toda la documentación, teniendo la de menor tamaño en subcarpetas identificativas. Teniendo en cuenta que debía estar convenientemente protegida, ese me pareció el método más seguro, práctico y económico.

Carpeta abierta con la documentación en el interior

Al fin y al cabo, pensé, estos amigos de papel que me han estado acompañando tantos días van a estar más cómodos tumbados cómodamente en esta «super»-carpeta que retorcidos dentro de un recipiente de vidrio. Listos para ser admirados, que son un trocito de nuestra historia. Como se merecen.

PD. Para ver las fotos de «antes y después», en el apartado Restauración 🙂

2 comentarios

Archivado bajo Conservación-restauración documental

2 Respuestas a “La primera piedra y la urna del tiempo (II): alisado, alisado, alisado…

  1. ¡¡¡ OLÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ !!! Tan formidable ha estado la faena que te he de gritar con el resto del público »¡¡¡ OREJAS !!!».
    Bárbara, mujer, bárbara. Que profesionalísmo, que delicadeza, que manejo de conocimientos y qué claridad de mente para escoger el más adecuado según la necesidad se presentaba.
    He esperado meses de meses – es más, creo que casi que el tiempo que me llevó hacer mi restauración del libro de Farmacéuticos – para poder admirar el trabajo que también emprendíste en esa segunda mitad del 2011.
    Recuerdo tu enojo justificadísimo por el trato que un ignorante le dió a estos ejemplares, tus angustías y alegrías y finalmente, he aquí: ¡ TERMINASTE !. Pero no sólo un acabar por acabar, sino el final responsable de quién se ha esmerado en ofrecer lo mejor de si para que ese final sea motivo de orgullo para vos y satisfacción para el propietario de la obra.
    ¡Enhorabuena Raquel, que maravillosa manera de terminar un año!
    ¿ Ah ! y Windsor & Newton (tras la reintegración del soporte) ¡ por supuesto !.

    Cuando sea grande, ¡ quiero ser como vos !

  2. ¡Muchas gracias Luis, por leer y por comentar! La verdad es que hacer un post de estos me lleva un tiempo horroroso, porque resumir, como tú dices, meses de trabajo en una líneas es muy complicado. Mi intención era, como siempre, divulgar y dar a entender -en lo posible- cómo es un proceso de restauración, de los «de verdad de la buena». Lo complejo que puede ser, y la cantidad de reflexiones previas, durante y después que deben tenerse en cuenta antes de poner las manos sobre una obra deteriorada. Es justo lo que tú haces, lo sé, y eso le da vida a este trabajo.
    Windsor & Newton: cuando estudiaba, no nos dejaron adquirir otra marca para las reintegraciones cromáticas. Y esa inversión, al menos en documento gráfico, es para muuuchos años 🙂

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